Jue. Abr 25th, 2024

Leonard Cohen hablaba en una preciosa canción de intentar ser libre como un pájaro en el alambre, como un borracho en el coro de medianoche. Tuve sensación de lo último al escuchar en su discurso público a un individuo de apariencia entre grisácea y curil, pero progresivamente aguerrido por la certeza prepotente que debe otorgar el poder, que además de estar muy contento por la aprobación de la amnistía, también se felicitaba a sí mismo por su propio éxito. Creo que este señor es ministro de la sabia y ecuánime Justicia. Y digo, algo alarmante está ocurriendo en su cerebro cuando celebra su ego trip ante todo Dios, teniendo en cuenta que un tiempo atrás aseguraba fervorosamente lo contrario respecto a la amnistía. Pero su jefe supremo en el tinglado ya aclaró que las mentiras no existen, que sólo se trata de sensatos y realistas cambios de opinión pensando en el supremo bien de la Nación.

El desvarío de este hombre es tan escandaloso, anfetamínico y patético que hasta los guionistas de El intermedio, tan obsesivamente dedicados a la satirización de la fachosfera, necesitan reírse y burlarse de esa delirante autofelicitación. Lo que no me parece nada cómico, sino tirando a fétido, es que entre los numerosos amnistiados pueda estar una muy extensa familia que se enriqueció ilícitamente durante infinito tiempo a costa de aquel gansteril 3% que denunció hace tanto tiempo aquel político con personalidad y voz seductora llamado Pasqual Maragall. Al final resultará que la fortuna corleónica de los Pujol venía de una herencia familiar que recibieron en Andorra. Y por supuesto que eran los más patriotas. Todo es posible en nombre del sagrado progresismo.

Pero el sarcasmo desaparece y da paso a la ira retrospectiva ante lo que narra Jordi Évole en su programa sobre el 11-M. Hubo embustes viles de los gobernantes sobre la autoría de aquella salvajada para intentar alargar su imperio en las elecciones que se iban a celebrar días después. Qué grima volver a ver el careto y escuchar las palabras de tantos maniobreros poderosos. ¿Y los muertos? No sabemos sus nombres. Vivían en la periferia, se levantaban antes del amanecer para buscarse la vida o la supervivencia en Madrid. La inmensa mayoría debían de ser pobres y anónimos. Es fácil olvidarlos. Como a la multitud de criaturas masacradas en Gaza. ¿Quién fue el idealista o el ingenuo que aseguraba que los niños y los débiles deberían de ser los primeros en ser salvados cuando llegaba el naufragio? No hay leyes ni compasión. Sólo fuerza.

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