Jue. Abr 25th, 2024

No eran su repertorio habitual, pero cantó como nunca. En enero de 1972, Aretha Franklin tenía 29 años y era toda una estrella cuando decidió volver al principio: a la música góspel que le enseñaron en su casa de Detroit sus padres, el pastor baptista y activista por los derechos civiles C.L. Franklin y la cantante y pianista Barbara Siggers Franklin. Regresa al hogar a pesar de que guardaba traumas de su infancia: su madre se fue de casa cuando Aretha tenía seis años y murió cuando tenía 10; su padre había dejado embarazada a una adolescente y ella misma fue madre antes de cumplir los 13 y por segunda vez a los 14. Eso no había frenado una carrera meteórica que partió de los cantos espirituales de la comunidad afroamericana y luego la convirtió en la reina del soul.

Cuando parecía quedar atrás su momento de mayor gloria (el álbum de su consagración, I Never Loved A Man The Way I Love You, es de 1967) Frankin y su equipo dispusieron todo para dos sesiones memorables en la New Temple Missionary Baptist Church, en el barrio de Watts, en el sur de Los Ángeles, un recinto para unas 150 personas. Aretha pone su prodigiosa voz y se sienta al piano, acompañada por el reverendo (y otra figura del góspel) James Cleveland, además de la solvente banda que la acompañaba en sus directos y un gran coro: Southern California Community Choir. Se grabaría para un disco y para una película que dirigiría Sydney Pollack. El disco se editó en junio de ese año y fue el más vendido de su carrera en EE UU (se discute si en ventas globales lo superó Who’s Zoomin’ Who?, de 1985). Pero la película, por problemas en la grabación y por la resistencia de la artista a su publicación, no vio la luz hasta casi medio siglo después, 2018, cuando ya había muerto tanto la cantante como el director. El productor Alan Elliott había logrado sincronizar la imagen y el sonido, lo que no pudo Pollack (poco acostumbrado a filmar música); los herederos de Franklin dieron el visto bueno después de varios años en los que ella había bloqueado su estreno por motivos nunca explicados, que se suponen económicos. El resultado se llama Amazing Grace, ocupa un lugar destacado en la historia de la música y está disponible en Filmin y Movistar+.

Es una grabación austera en un lugar austero, pero en la que se goza cada sonido y se percibe una atmósfera mágica que por momentos se acerca al éxtasis. Era enero y por los abrigos debía hacer frío fuera, pero dentro la temperatura no dejaba de subir. Aretha Franklin suda la gota gorda (literalmente), se entrega y saca el máximo partido a la voz que Rolling Stone eligió como la mejor de la historia de la música popular. El montaje refleja bien la sencillez de aquel concierto: no se corta, por ejemplo, el momento en que ella manda parar para volver a empezar una canción (Climbing Higher Mountains).

Se filmaron dos sesiones en la iglesia baptista: entre el público había una mayoría de feligreses pero también fans de la artista, entre ellos Mick Jagger y Charlie Watts, de los Stones. En la segunda toma intervino el padre de Aretha para hacer un breve discurso que elogiaba por igual su talento y su fe. El señor Franklin llegó con su novia, otra estrella del góspel llamada Clara Ward (que había influido a Aretha y de quien esta interpreta un tema: How I Got Over). Hay primeros planos en los que a la cantante se la ve seria, muy concentrada. Apenas abre la boca más que para cantar y poner la piel de gallina a un público que participa con entusiasmo con palmas, coros y bailes. Hay muestras muy espontáneas de emoción: una de las mujeres del coro rompe a llorar; el director del mismo contagia a todos el entusiasmo de sus gestos.

El tremendo dominio vocal y el carisma de Aretha Frankin no ocultan que estamos en un oficio religioso para auténticos creyentes, como recuerda el reverendo al principio. Las letras de las canciones seleccionadas (algunas tradicionales, otras de Carole King o Marvin Gaye) hablan de ese cristianismo que aporta sentido de comunidad y da esperanza a la gente humilde: la fuerza de esta religión, lo que explica su resistencia, está en parroquias de barrio como esta.

Dice la estudiosa Karen Armstrong que la religión es una forma de arte: “Como el mejor arte, la religión da la posibilidad de escapar del horror que nos rodea y buscar sentido para nuestras vidas”. Y la música es la más espiritual de las artes: es difícil de racionalizar y se siente de forma instintiva, aunque pueda ponerse en partituras y medirse con las matemáticas. Si crees en Dios, dale las gracias por haber creado a Aretha Franklin. Si no, quédate al menos con que había algo divino en aquel templo.

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