Mar. May 21st, 2024

Solo a los padres les parece impertinente que pregunten a los niños a quién quieren más, a papá o a mamá. Si no hay coacción, responden tan panchos, porque se las trae al pairo herir los sentimientos del progenitor agraviado. Los padres, más adultos —esto es, hipócritas—, dicen que quieren a todos sus hijos por igual. Ja. Todos tienen un favorito, aunque algunos ni siquiera se lo reconozcan a sí mismos y se replieguen en el tabú de la igualdad del cariño, cuando nada hay menos democrático que el amor y las pasiones. Intentar gobernarlas con ecuanimidad conduce siempre al bochorno y al horror, como bien saben los apóstoles del poliamor.

Quizá el rechazo a admitir la desigualdad del amor paternofilial provenga de la manera maniquea y absolutista que tenemos de plantear los gustos. Para un padre atribulado, aceptar que Abel es su favorito significa que no quiere a Caín. Vivimos los gustos como dicotomías: si te gusta A, detestas B, y viceversa. Todo se reduce a contrarios que se niegan entre sí: Madrid o Barça, Verdi o Wagner, vino o cerveza, comedia o drama, pueblo o ciudad. Como si decantarse por uno implicara rechazar al otro, en una lógica atroz de lealtades y traiciones. Quizá en el fútbol o en la política esto pueda ser así —y no siempre—, pero no hay ningún motivo por el que a uno no le puedan gustar varias cosas opuestas entre sí.

Esta forma militante e infantil de entender el gusto es la que ha inspirado el fichaje de David Broncano por TVE: quieren poner al espectador contra la espada y la pared. ¿A quién quieres más, a papá hormiguero o a mamá resistencia? Tienes que elegir el que coincide con tu voto. No vayas a ser un fan incombustible de Broncano y votes luego al PP. O al revés: no vale disfrutar de Pablo Motos y declararte luego socialista. No se me desordenen, defínanse.

Por mucho que queramos ser como esos padres que dicen que quieren a sus hijos por igual, el gusto es complejo y contradictorio. Se puede ser de Broncano y de Motos y no estar loco, como se puede detestar a Broncano y a Motos a la vez. O, como es mi caso, se puede sentir una indiferencia amplísima hacia ambos y asistir atónito a esta batalla, sin duda la más banal de cuantas se han visto en las guerras culturales españolas.

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