Jue. Abr 25th, 2024

Rosa María Calaf (Barcelona, 78 años) ha colocado 183 chinchetas en el mapa, es decir, solo le quedan 13 países en el mundo por conocer. Entró incluso en la hermética Corea del Norte, que no tiene habitantes, sino prisioneros y bien podría computar como otro planeta. RTVE acaba de estrenar, dentro de la serie Imprescindibles, un documental sobre ella, Intermediaria de guardia. “Víctor López, el director, ha hecho un trabajo increíble recuperando imágenes antiquísimas. Y en este país tan tado a los homenajes póstumos, agradezco poder decírselo en vida”. La veterana corresponsal, que ayudó a fundar el canal autonómico catalán TV3 y pasó casi cuatro décadas en TVE, abandonó la cadena pública en 2009, pero no se jubila del periodismo. “Sería como jubilarme de la vida”. Ahora da charlas en institutos y universidades. “Siento que debo compartir todo lo que he aprendido”.

Pregunta. En sus primeros viajes, salía de la dictadura a la libertad. Cuenta en el documental que en el franquismo aprendió una herramienta que iba a ser una de sus señas de identidad: la ironía.

Respuesta. La ironía era una forma de buscar rendijas para contar lo que querías contar. Eso requería complicidad con el espectador, que supiera las condiciones en las que estabas trabajando, que supiera que tenía que leer entre líneas. Era la forma de saltarte a los censores. Ahora ocurre lo contrario: el espectador cree que está muy informado cuando lo que está es muy entretenido, es decir, distraído. Esa complicidad que existía entre el periodista y el ciudadano ya no existe porque hay fuerzas poderosas haciendo campaña contra el periodismo crítico e independiente.

P. ¿Cuáles son esas fuerzas?

R. Siempre ha habido intereses para que el periodismo no cumpla su función de contar lo que no se quiere que se sepa. Pero ahora son mucho más eficaces en ese trabajo de distracción y manipulación. Nos nutrimos más de criterios emocionales que de conocimiento. La repetición de falsedades es mucho más barata que la reflexión argumentada. La clase política ha sido fagocitada por la economía. Los que deben garantizar la libertad de expresión y el derecho a la información no solo no trabajan para ello, sino que ponen palos en las ruedas porque no les interesa que haya ese periodismo independiente y crítico.

P. Antes de que la atrapara el periodismo, su plan era hacer la carrera diplomática, por eso estudió Derecho. Habrá conocido a muchos diplomáticos. Contando la vida en otros países ¿pudo ver, también, cómo cambiaba la visión exterior de España?

Sobre el intento de violación que sufrió en Yugoslavia: “Al volver no se lo conté a nadie. Me parecía una falta de respeto a las mujeres y periodistas locales que sufrían eso a diario”

R. Sí. Y ha cambiado, extraordinariamente, a mejor. España antes no contaba nada, la imagen era folclórica, se desconocía el país más allá de la fiesta y de la siesta, aunque siempre hemos caído bien. Con el tiempo ha ido adquiriendo una posición más relevante, pero todavía no tiene la consideración que merece. Permanecen muchos estereotipos y desconocimiento. Queda mucho por hacer.

P. El periodismo es un oficio, y por tanto, se aprende. ¿Cuáles son las herramientas fundamentales, las que más le han servido?

R. Se aprende, como todos los oficios, en gerundio, haciéndolo, y teniendo muy claros los parámetros, sabiendo que es un servicio a la comunidad, partiendo del respeto, del afán de divulgación y de la defensa de los derechos humanos. Las herramientas esenciales son el rigor, la reflexión, la independencia, la formación. Y no perder nunca de vista que eres simplemente un intermediario, un puente, jamás un protagonista. Alguien que acerca realidades y gentes diferentes o no tan diferentes. Creer que eres algo más es tremendamente peligroso y perjudicial.

P. Abundan los confundidos.

R. Sí, porque estamos generando una cultura en la que prima lo que impacta sobre lo que importa, que basa el éxito en la belleza exterior, no en la interior, en los signos de riqueza material, no moral, y que utiliza popularidad como sinónimo de reconocimiento. Esas corrientes de banalidad distorsionan lo que debe ser el trabajo periodístico.

Rosa María Calaf, en Filipinas, grabando el reportaje con el que se despidió de TVE en 2009. l
Miguel Torán (EFE)

P. Cuando empezaba en televisión, tuvo una bronca por una minifalda. ¿Por qué daban miedo las minifaldas?

R. En 1970, en aquella España gris y represora, la minifalda rompía con la imagen femenina que difundía el franquismo: sumisa, invisible… En TVE había voluntades a favor y en contra. Afortunadamente, José Joaquín Marroquí [realizador de radio y televisión] apostó por el desafío. Mi camino no lo hice sola. Fue gracias al esfuerzo de muchas y de muchos.

P. ¿Qué otros episodios de machismo recuerda y hasta cuándo duraron?

R. Aún duran, pero ahora son más sutiles. Entonces te encontrabas rechazo. A veces era una intrusa intolerable, otras te trataban con condescendencia, paternalismo, o sorpresa: ‘¿Esta qué hace aquí?`. Una vez, a bordo de un avión militar que lanzaba ayuda humanitaria sobre el Sahel hubo un problema técnico y los militares belgas dijeron que era por haber dejado subir a una mujer. Era 1975. Y muchas veces iba a una cena de diplomáticos, empresarios… y me decían: “¡Uy, no nos han presentado! ¿Tú eres la mujer de quién? Eso era muy habitual. No eras tú, eras la mujer de.

P. ¿Ese tipo de situaciones le ha pasado más fuera o dentro de España?

R. En España al principio pasaban todo el tiempo y fuera, en aquel periodo, mucho menos. La dificultad de trabajar siendo mujer depende de la calidad democrática del lugar donde se está trabajando. Pero he tenido la enorme ventaja de poder moverme en los ambientes femeninos de los países más intransigentes, patriarcales y machistas, y ahí es donde te enteras realmente de lo que está pasando porque no es la versión oficial de lo que quieren contarte, es el día a día, lo que tú quieres que sepa tu audiencia. Esas mujeres que me han dejado entrar en su mundo son extraordinarias y muy valientes porquen se jugaban la vida en ello.

P. Usted también fue muy valiente. Hace unos años contó que en Yugoslavia, en una de sus coberturas, intentaron violarla. ¿Qué hizo entonces, al volver?

R. En su momento no se lo conté a nadie. Ni en mi casa. Me costó mucho contarlo porque me parecía una falta de respeto a las mujeres y periodistas locales a las que eso les ocurría a diario. En mi caso, además, finalmente no lo consiguió. Muchos años después, unas compañeras me convencieron para que lo contara para mostrar cómo el poder no se compromete lo suficiente para que se pueda hacer un periodismo seguro. Cada vez menos. Hemos pasado de ser observadores a objetivos a eliminar.

Sobre el ‘procés’ en TV3: “Lo viví con muchísimo dolor. Era una turbulencia de opiniones no fundamentadas en hechos, sino en el abismo de las emociones, una mezcla tremendamente peligrosa”

P. Su primera corresponsalía fue en EEUU, en la etapa de Reagan y el inicio de lo que llama la política espectáculo. ¿Ha ido eso a peor?

R. Si. Muchas tendencias de ahora nacen en esa época. Trump es una versión, entre comillas, mejorada de aquella tendencia populista, reaccionaria, autocrática. Menosprecia a las instituciones, ataca al periodismo independiente y crítico y desdeña la solidaridad social. Ese es el programa de ese tipo de líderes y da miedo porque, pese a ser absolutamente antidemocráticos, llegan al poder por las urnas.

P. El Consejo de Informativos de la que fue su casa durante tantos años difundió hace unos días un comunicado para mostrar su rechazo por la actitud de una colaboradora de TVE que durante la gala de los Goya aduló al presidente del Gobierno. Ella, Inés Hernand, afirmó que era una polémica exagerada y que su trabajo consiste en entretener. ¿Usted qué opina?

R. Me parece francamente bien que haya habido polémica, que haya generado disgusto. Lo grave sería que se siguiera mezclando información y entretenimiento en el mismo plano y la gente ya no se diera cuenta. Ese es el gran riesgo en este momento: que nos creamos informados cuando realmente estamos entretenidos. Creo que, efectivamente, ahí hubo una mezcla y es una muestra más de cómo el entretenimiento ha invadido la información.

P. Dice en el documental: “Concebí TV-3, la vi nacer, por eso me enfada tanto cuando se porta mal y me satisface tanto cuando se porta bien”. ¿Cómo vivió el procés?

R. Con muchísimo dolor. Tan legítimo es ser independentista como no serlo. El problema está en la falta de respeto a lo que piensan los demás. Me dolió el mal uso de la información en muchos casos porque por el camino se olvidaban de la ética y de la independencia, es decir, no estaban cumpliendo con el objetivo del periodismo, que es darle al ciudadano todos los elementos para que decida. Era una turbulencia de opiniones no fundamentadas en hechos, sino en el abismo de las emociones, una mezcla tremendamente peligrosa.

Si el periodismo no puede ejercer su función como es debido, llegaremos a un simulacro de democracia

P. Periodismo militante o bufandero, inteligencia artificial, precariedad… en una escala de riesgo, ¿cómo ordenaría todas esas amenazas para la profesión y cómo cree que deben combatirse?

R. La inteligencia artificial es una herramienta que puede ser extremadamente positiva y con un uso perverso, extremadamente negativa para el objetivo final, que es construir una sociedad justa. Un periodismo precario es un periodismo enfermo y hay que luchar con todo contra quien lo quiere precarizar porque para que cumpla su función de servicio hace falta formación, recursos y, por supuesto, independencia. Sin todo eso, no habrá un periodismo libre. Y si no hay un periodismo libre, se tambalean las bases de la democracia porque el periodismo es el nervio sensible de toda sociedad democrática. Si el periodismo no puede ejercer su función como es debido llegaremos a un simulacro de democracia en el que líderes autocráticos elegidos en las urnas podrán destruirla con muchas comodidades desde dentro.

P. Critica que el periodismo cuenta las crisis, pero a menudo no lo que ha ocurrido antes o lo que pasa después. Hay un superávit de días históricos, un consumo voraz de la actualidad…

R. Sí. Esa es otra técnica de distracción. Hacer creer que lo último es lo más importante es una falacia y distrae de lo realmente importante, que a lo mejor ocurrió hace cinco días o cinco meses. Ese es uno de los grandes problemas: se informa de acontecimientos puntuales, no de procesos. Y lo que sucede nunca sucede porque sí, viene de algo. Hay que preguntarse de dónde, hacia dónde y a quién beneficia. Todas esas preguntas requieren tiempo.

La periodista Rosa Maria Calaf, el pasado lunes, en Barcelona.
La periodista Rosa Maria Calaf, el pasado lunes, en Barcelona. massimiliano minocri

P. De los cientos de entrevistas que ha hecho, ¿qué personajes la sorprendieron más o fueron diferentes a como esperaba?

R. Casi nunca han sido personajes tipo jefes de gobierno, sino personas que se dedican a trabajos de solidaridad, de defensa de los derechos humanos o que luchan por la reconciliación y la paz en las circunstancias más difíciles. Y sobre todo, las mujeres que me he encontrado por el mundo, columnas de la construcción social de sus comunidades. Casi siempre se las considera únicamente como víctimas, en lugar de protagonistas.

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