Jue. Abr 25th, 2024

Del desértico paisaje del profundo sur de Australia a la verde y profunda Irlanda rural, un largo viaje de Elliot y Helen con la esperanza de que el amnésico protagonista recupere la memoria, es centro de los seis capítulos de la segunda temporada de El turista.

Pocas veces la afirmación de Mies Van der Rohe “menos es más” encontró mejor acomodo en la dos temporadas de las aventuras y desventuras de Elliot y Helen. Una Irlanda mínima con casas y granjas desperdigadas muestra más violencia de la que cabría imaginar en esos parajes. Claro que luego se recuerdan sucesos como los de Puerto Hurraco, en Badajoz, y la alabanza de aldea se derrumba irremediablemente.

La excelente serie creada por Harry y Jack Williams, que exhibe HBO Max, trasciende los dos componentes esenciales, la violencia y la cerveza, enmarcándolos en una historia de rivalidad mortal de dos familias aunque sin Romeo ni Julieta, como cantaba Karina. Un odio que se arrastra desde dos generaciones y en las que se ve involucrado Elliot al poco de llegar a su Irlanda natal. Alguien le había recomendado en Australia que quizá el volver a su país de origen le ayudaría a recobrar su perdida memoria, además de huir de la cruel persecución del orondo Billy Nixon (Ólafur Darri Ólafsson) que, como intuye, se trata de un ajuste de cuentas por su pasado de mafioso.

La acción incluye también ciertos rasgos de tragedia griega y melodrama decimonónico que, sin embargo, no resulta excesiva y fluye con cierta lógica. A ello habría que añadir una serie de personajes secundarios pintorescos, como el lugareño policía psicópata, la madre de Elliot y matriarca del clan o el patriarca de la familia rival, personajes que permiten distanciarse del galán y la dama interpretados por estupendos actores en una Irlanda poco conocida y en la que se demuestra que las pasiones desatadas son universales.

Nada que ver con Furias, la serie francesa creada por Jean-Yves Arnaud y Yoann Legave (Netflix) en la que la violencia es constante y la trama que pretende justificarla es banal. Propone una inmersión en unos hipotéticos bajos fondos de París por los que deambulan dos aguerridas damas que dan y reciben unas palizas inverosímiles. No se sabe si esa preponderancia de papeles femeninos es una consecuencia de un mal entendido Me Too o de la frivolidad de unos guionistas que sólo aspiran a épater les bourgeois.

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