El bostezo contagioso bajo la lupa: lo que revelan dos décadas de investigación científica

El bostezo contagioso bajo la lupa: lo que revelan dos décadas de investigación científica

Basta ver a alguien abrir la boca en una reunión para que, segundos después, medio grupo haga lo mismo. Incluso leer sobre ello puede provocar el reflejo. Durante años se consideró una simple curiosidad, pero la neurociencia y la biología evolutiva lo han convertido en objeto de estudio serio, y lo que han encontrado dice bastante sobre cómo funcionamos como especie social.

Qué ocurre en el cerebro cuando vemos a alguien bostezar

Los estudios con resonancia magnética funcional coinciden en que observar un bostezo activa regiones relacionadas con la planificación del movimiento y con el procesamiento de señales sociales, como la corteza premotora y el surco temporal superior. A esto se suma el papel atribuido a las llamadas neuronas espejo, que se activan tanto al realizar una acción como al verla en otra persona.

Algunas líneas de investigación también apuntan a la dopamina, un neurotransmisor vinculado a la coordinación motora y a la respuesta social. La hipótesis es que el cerebro «replica» parcialmente lo que observa, y en el caso del bostezo esa réplica termina completándose.

Un análisis detallado sobre por qué bostezar es contagioso resume estos mecanismos y los relaciona con la empatía y la imitación automática, dos procesos que compartimos con otros mamíferos.

Una herencia evolutiva que no todos comparten por igual

Desde el punto de vista evolutivo, la explicación más aceptada es que el contagio ayudaba a sincronizar al grupo: si uno bosteza antes de un cambio de actividad, los demás ajustan su nivel de alerta. Se ha observado contagio en chimpancés y lobos, y un estudio publicado en PLOS ONE encontró que los perros bostezan más al ver bostezar a sus dueños que ante desconocidos.

La cercanía importa también entre humanos. Investigadores de la Universidad de Pisa observaron que el bostezo se contagia con más facilidad entre familiares que entre amigos, y más entre amigos que entre extraños. Sin embargo, no todo el mundo es igual de susceptible: la edad influye (los niños pequeños apenas lo «captan» y con los años la tendencia disminuye) y una parte considerable de la población responde muy poco al estímulo.

Un debate que sigue abierto

La relación con la empatía no está cerrada. Algunos trabajos han encontrado correlación entre rasgos empáticos y mayor contagio, mientras que otros, con muestras más amplias, han visto que factores como la edad pesan más. Lo que sí parece claro es que el fenómeno no es aleatorio: detrás de un gesto tan cotidiano hay un sistema cerebral diseñado para conectar con los demás.